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La concepción del autismo como una condición integral, que involucra cada rincón del cuerpo, desde el cerebro hasta la minúscula célula, es una idea respaldada por Martha Herbert y Karen Weintraub en su obra «The Autism Revolution» (La Revolución del Autismo). Sostienen que el potencial de mejora de la salud en el autismo puede residir en el núcleo celular.

Reflexionando sobre esta perspectiva, encuentro resonancia en mi experiencia personal. Mi hijo, a pesar de su diagnóstico de autismo, ha enfrentado días en los que su vitalidad parecía disiparse, incapaz de mantener la energía que sus actividades infantiles exigían. Esta observación me impulsa a profundizar en cómo la salud celular y cerebral entrelazada podría guiarnos hacia intervenciones más efectivas para nuestros hijos.

Este artículo te guiará a través de la intrincada función celular y su papel en la salud de nuestros hijos. Las células pueden verse comprometidas por mutaciones genéticas o por desequilibrios en los recursos disponibles, un concepto explorado por Herbert y Weintraub. Abordaremos qué implica un suministro inadecuado o excesivo para las células.

Herbert y Weintraub discuten que un suministro insuficiente lleva a una baja disponibilidad de nutrientes esenciales, ralentizando el metabolismo celular y, por ende, afectando funciones vitales como la eliminación de desechos y la comunicación intercelular. Por otro lado, un exceso, particularmente de alimentos de baja calidad o toxinas, puede sobrecargar los sistemas celulares, entorpeciendo su capacidad de eliminar desechos y, en última instancia, afectando su función.

Al entender cómo el cuerpo y la conducta de nuestros hijos están conectados, podemos empezar a vislumbrar el camino para su manejo. En niños con autismo, una deficiencia nutricional es a menudo la principal carencia. Si nos detenemos en el torbellino de la vida familiar para reflexionar sobre la vulnerabilidad de nuestros hijos ante estos desafíos nutricionales, descubriremos, como indican Herbert y Weintraub, que hay prácticas sencillas que pueden aliviar estos problemas y revitalizar su bienestar. Es imperativo, sin embargo, entender primero la raíz del problema para poder implementar una intervención nutricional sostenible y curativa.

Recordando las lecciones de biología de nuestros años escolares, hago una pausa para reflexionar sobre la desconexión entre el conocimiento académico y su aplicación práctica. Esta brecha a menudo nos lleva a delegar la responsabilidad del autocuidado. Deberíamos aspirar a comprender cómo la energía se genera y se conserva dentro de nuestras células. Según Bruce y colegas en «Molecular Biology of the Cell», las células requieren una fuente de energía constante para sostener la vida, la cual obtienen de la energía química en los alimentos. Este proceso se inicia con la digestión de alimentos en componentes utilizables que luego se metabolizan para producir ATP, la moneda energética de la célula.

El proceso de descomposición de los alimentos es complejo y multifacético. Se inicia fuera de la célula o en los lisosomas, donde las enzimas dividen las moléculas grandes en subunidades más pequeñas. Estas subunidades ingresan al citosol y comienzan a oxidarse gradualmente, un proceso que culmina en las mitocondrias, donde la glucólisis convierte la glucosa en ATP.

Los problemas mitocondriales, como Herbert y Weintraub ilustran, no solo afectan la célula sino que repercuten en la salud general, particularmente en el cerebro, un órgano de gran demanda energética. Las mitocondrias son especialmente susceptibles a influencias ambientales, lo que puede conducir a un estado subóptimo que, aunque no clasifique como enfermedad, compromete significativamente la salud.

Las mitocondrias pueden verse afectadas por factores genéticos, nutricionales, tóxicos, patógenos y el estrés. Cada uno de estos elementos tiene un impacto considerable en la salud de quienes tienen TEA:

Genes: El ADN dicta la secuencia de aminoácidos en las enzimas, y cualquier mutación puede alterar la producción de energía, llevando a una enfermedad mitocondrial primaria o afectando la función celular.

Alimentación: Nuestras decisiones dietéticas tienen un peso significativo, ya que las mitocondrias necesitan una nutrición balanceada para funcionar óptimamente.

Toxinas: Sustancias químicas y metales pesados pueden inhibir las vías energéticas, interrumpiendo la producción de ATP y, en consecuencia, la salud celular.

Patógenos: Microorganismos competidores por recursos energéticos pueden dañar la función mitocondrial y la bioquímica general, afectando nuestra capacidad para generar energía.

Estrés: Un estado de alerta constante drena nuestras reservas energéticas, dejando a las personas con autismo especialmente vulnerables a los desafíos que afectan el funcionamiento cerebral y, por ende, su comportamiento.

En conclusión, las células son la base de nuestro ser. Cuidar la salud celular es cuidar la salud integral. Muchos síntomas del autismo resultan de una combinación de factores celulares y ambientales. Una intervención temprana, reconocida y aplicada, puede mejorar la calidad de vida de nuestros hijos. Herbert y Weintraub recalcan la importancia de la autoeducación parental en la detección y manejo de síntomas.

No todos los niños con autismo presentan problemas mitocondriales primarios, pero no debemos descuidar el potencial de factores ambientales en la disfunción mitocondrial que puede pasar inadvertida en evaluaciones clínicas rutinarias. Observar, reconocer y actuar sobre las señales que nuestros hijos nos dan es un paso crítico. Cada niño es único; sus manifestaciones no son uniformes. Nuestro deber como padres es nutrir sus células con diligencia y conocimiento, porque el bienestar celular es fundamental para su desarrollo y función.